Lino Lara, el fotógrafo del que solo habla su obra

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De su biografía se sabe poco, de él habla su obra que es a lo que aspira un fotógrafo. Ahí están sus fotografías, en bibliotecas y redes, hablándonos de una pequeña parte de la historia bogotana, la que él empezó a congelar en los primeros años del siglo XX, contribuyendo a un oficio que en Bogotá ya era requerido por algunas familias desde 20 años atrás, cuando las prácticas de los fotógrafos vinieron a complementar los oficios del tipógrafo y del litógrafo.

Por D.C.D.

De Lino Lara se conocen escasos retratos, tan usuales en aquellos primeros días del pasado siglo en que presidentes, militares, familias prestantes posaban para inmortalizar algún momento. Debió hacer cientos de ellos, pero a Lino Lara se le conoce por su trabajo en la calle, ejerciendo la por entonces naciente reportería, o eso es lo que se puede deducir de su trabajo encontrado en diferentes y pocos archivos.

 

EN ESTUDIO

En la Carrera 9ª No. 396, Lino Lara esperaba su clientela bogotana. Allí, en esa galería que se anunciaba como "la más amplia y moderna de la ciudad, construida al estilo europeo", se exhibían sus diplomas y premios alcanzados por su buen ojo: medalla de oro de primera clase y diploma de honor en la exposición internacional de Invenciones Modernas de Roma, en 1911; medalla de oro de primera clase y diploma de honor en la exposición internacional de fotografía, de Paris, en 1912; copa de plata, premio único en el concurso de fotografía nocturna de Bogotá, en 1914; mención honorífica en la Exposición Nacional de fotografía, en 1899.

En ese estudio se encargaba de todo, desde tomar las placas hasta la ampliación y la entrega de las mismas. Así lo anunciaba, a la vez que ofrecía el servicio a domicilio. Y cuando salía, se convertía en el reportero que se ganó los premios que colgaba en las paredes de su galería. 



Amplia y luminosa galería de Lino Lara


CÁMARA EN MANO

Debió coger temprano su cámara de placas el domingo 21 de mayo de 1900, apurar sus pasos sin descuidar la pesada caja de madera fotográfica y llegar a la plaza de Bolívar a sacarle fotos a lo que quedó de la Galería Arrubla, consumida en llamas la noche anterior. Suyas son algunas de las fotos que contaron, con el tiempo, que el Palacio de Liévano, hoy sede de la Alcaldía Mayor de Bogotá, fue levantado sobre los escombros de esa edificación y las cenizas del acta original de la Independencia que allí se encontraba.


Escombros de la Galería Arrubla captados por Lino Lara

Seis años después sus fotografías ayudaron a reconstruir el atentado al entonces presidente Rafael Reyes. El hecho ocurrió, el 10 de febrero de 1906, a la altura de Barro Colorado (hoy universidad Javeriana), camino a Chapinero desde San Diego, a donde el mandatario, montado en su coche de tracción animal, se dirigía con su hija Sofía. El general Reyes y su hija se salvaron de ser diana de nueve balas porque: “Dios protege descaradamente al general Reyes”, como se lee en el libro 10 de febrero en el que aparecen las fotografías de Lino Lara reconstruyendo todo lo que sucedió aquel día.  

Suyas también fueron las imágenes que nos recuerdan que cuatro de los implicados en el atentado fueron fusilados ante la mirada de los presuntos cómplices de la conspiración y de algunos presos del panóptico. Esas imágenes captadas por Lino Lara, las de la reconstrucción del atentado y el posterior fusilamiento, se cuentan como el primer intento del cine colombiano en tratar de contar una historia a través de una secuencia fotográfica y que podemos ver en el siguiente video de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano:



UNA IMAGEN, UNA HISTORIA

Para recordar a la Bogotá de los primeros años del siglo XX quedan las imágenes de Lara, que bien podrían haber inspirado al mejor de los pintores, algo usual en aquellos tiempos. Una fotografía suya nos mete en el túnel del tiempo y nos lleva a lo que ya no existe.

Puede ser una de las fotos más hermosas de la Bogotá que se añora. La capturó Lara en 1906, según el registro del Museo Nacional de Colombia donde se encuentra. Faltaban cinco minutos para las cuatro de la tarde cuando Lara disparó y congeló la escena, después de haber insertado la placa fotográfica de cristal en su cámara. De lo que se ve en ella poco queda.


La iglesia de San Francisco, que soporta más de cinco siglos en pie, es lo que queda. Lejos estaba Lino de imaginar que lo que él observaba, a través del obturador de su cámara, poco tiempo después sería echado a tierra. Sobre todo, el pasaje Rufino José Cuervo, el primero construido en la ciudad y que rompió el estilo colonial de la manzana. Fue construido por el ingeniero español Alejandro Manrique y fue sede, entre otras, del Museo Nacional de Colombia durante nueve años (1913-1922). Terminó demolido en el año 1937, 46 años después de iniciada su construcción.

Frente al pasaje dos casas, separadas por el puente del río San Miguel, con balcones en su segunda planta. En una de ellas funcionaba el expendio de boletos para el tranvía de tracción de mulas que espera a los pasajeros, unos pasos más adelante, sobre rieles de acero traídos de Inglaterra y que remplazaron a los de madera. En parte de los terrenos de estas casas, en 1928, se levantó el lujoso Hotel Granada construido por Alberto Manrique Martín, el hijo del español que construyó el pasaje Rufino José Cuervo. No duraría mucho el lujoso hotel, 23 años después de inaugurado fue derrumbado para darle espacio al Banco de la Republica. Fue para muchos la más triste demolición que sufrió la capital.

Sobre la calle Real, hoy carrera séptima, un hombre cumple su oficio de cochero protegido del sol por su sombrero de copa alta que parece acomodar, rumbo a la plaza de Bolívar.

Al fondo, camino a San Diego, otra casa de balcón. En ella murió el general Francisco de Paula Santander el seis de mayo de 1840. Desde su habitación de aquella casa el General expresó antes de morir: "Ojalá hubiera querido a Dios tanto como quise a mi patria". Sesenta años después de que el General expresara su vivo deseo, y cuando Lara tomó la placa, la casa aún se mantenía en pie. Duraría unos años más antes de que a Daniel Pombo Piñeres, maravillado por lo que había visto en un viaje a Londres, se le ocurriera levantar en ese terreno un hotel de lujo, como los londinenses: El Regina. Se inauguró el 17 de abril de 1921 y fue el segundo gran hotel de la ciudad -el Ritz lo antecedió- pero no soportó las llamas del 'Bogotazo'. Doce años después de aquel 9 de abril de 1948, Avianca compró el lote abandonado y levantó sobre los escombros, el que fue durante muchos años, el edificio más alto de la ciudad.

Y entre las casas un parque, que hoy sigue siendo parque, y que ha tenido varios nombres. El de Las Hierbas fue el primero, en tiempos de la Conquista; luego San Francisco, en los años de la República (1819-1831); y Santander, en homenaje al que fue su vecino, el Hombre de las Leyes. Desde 1878 el parque es custodiado por la estatua del general Santander, obra del artista italiano Prieto Costa. Entre árboles y fuentes de agua, el General ha observado diferentes cambios en su Parque: lo vio encerrado entre rejas para darle un mayor cuidado y hasta escuchó los conciertos que allí solía ofrecer la banda de la Policía. Ahora, al igual que los que aman la ciudad, verá con tristeza como lo han convertido en orinal, en pista de patinetas y en casa de los que no tienen una para llegar.

  

EL RETRATO DE LA POLA

En Bogotá, a comienzos del siglo XX, el mercado de los retratos parecía ser del gran Henry Duperly, un inglés que llegó a vivir y a morir en Colombia, pero fue Lino Lara el encargado de hacerle el primer retrato a Policarpa Salavarrieta. A su escultura, claro. Y es que antes de que los bogotanos conocieran la figura realizada en 1910 por Dionisio Cortés, Lino llegó con su cámara al estudio del escultor chiquinquireño para fotografiar el boceto en yeso que debía ser exhibido en la Exposición de la Escuela de Bellas Artes celebrada en 1899. Luego, el modelo fotografiado por Lara, se convirtió en cemento al ser elegido por la Junta del Centenario de la Independencia del barrio Las Aguas, para ser instalado en la plazoleta ubicada en la carrera tercera con calle 18. Con el paso del tiempo y debido a su estado de deterioro, en 1969, la escultura fue reemplazada por bronce a cargo del peruano Gerardo Benítez Bolaños.

De Lino Lara se sabe poco más, nos quedó parte de su obra para hablar de la Bogotá que él vio, y que gracias a ella podemos imaginar.

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